Estamos viviendo lo que quizá sea la mayor crisis económica de nuestras vidas. La gran tormenta que lo sacude todo. Si cada empresa fuera un barco, estaríamos navegando en barcos diferentes. Algunos parecen haber sido construidos precisamente para estas condiciones y prosperan en ellas; otros solo lograrán capear el temporal por suerte. Muchos sufrirán daños, pero sobrevivirán, quizá incluso más fuertes.
Dentro de cada una de nuestras organizaciones, podemos afirmar en gran medida que todos estamos en el mismo barco, siempre y cuando esto se comunique al equipo de forma transparente y sincera. Si se comparte este sentimiento, la resistencia al cambio desaparece. La innovación, la gestión de costes, los nuevos mercados... todo puede optimizarse y formar parte del camino hacia la preservación de lo más importante: las personas y su papel en equipos que tanto esfuerzo ha costado construir y que pocos quieren desperdiciar.
Antes de la crisis del coronavirus, pensar que los costes estaban bajo control era un error (aunque muy común); ahora es una enfermedad grave. Sé por experiencia, sin lugar a dudas, que todas las empresas pueden reducir sus costes sin afectar a la plantilla. Entonces, ¿por dónde empezar?
Hace más de 100 años, mientras contaba los guisantes producidos en su pequeño huerto, un caballero descubrió una extraña relación: alrededor del 80 % de los guisantes procedía del 20 % de las vainas. Curiosamente, esto coincidía con otro de sus hallazgos: que aproximadamente el 80 % de la tierra en Italia pertenecía al 20 % de la población. Este caballero, Vilfredo Pareto, era profesor de economía y descubrió que esta relación 80/20 persistía en una amplia variedad de situaciones y contextos históricos.
La regla del 80/20 también se aplica a los costes en general, por lo que lo más lógico es empezar por enumerar los costes en orden descendente y analizar los más elevados. Yo añadiría otro paso: identificar algunas «oportunidades fáciles de aprovechar». Empezar un proyecto de reducción de costes a gran escala con logros, aunque sean sencillos, infunde una sensación compartida de que todo es posible. Muchos barcos se hundirán, incluso entre los que están bien gestionados.
Contar con una cultura de cuestionamiento y mejora continuos reduce las posibilidades de verse afectado por esta fase. Es fundamental tener la humildad necesaria para reconocer que siempre hay margen para mejorar y aprender. Para implantar una cultura de gestión de costes, es esencial compartir los objetivos con todos los empleados, explicando por qué son importantes para el futuro común y en qué se quiere convertir ese futuro. Una visión clara motiva las grandes ideas. Medir y compartir los resultados obtenidos es el motor de la continuidad.
































































































